Es extraño. Creí que las piernas me pesarían bastante más al subir al cadalso, que el valor no me alcanzaría para pisar con entereza estos peldaños que conducen a mi final. Pero no es así, gracias a Dios. Acabo de descubrir que mi resignación ante el destino es más fuerte que el miedo a la muerte, que como hombre inventado nada puedo hacer contra el fin que ha preparado para mí quien me imaginó, que mi destino escrito nadie lo puede borrar, por lo que comprendo lo inútil de cualquier resistencia. No sé de nadie que tuviera éxito en una rebelión contra el creador de su historia.
Os preguntaréis quién os habla. Muchos me conocéis, pero de eso hace ya mucho tiempo y por lo tanto es muy probable que me tengáis arrinconado en un lugar cercano al olvido. Cercano al olvido, sí, pero sin haber desaparecido completamente de vuestra memoria. Puede que me hayáis sustituido por otras personas, por otras vidas, por otras historias sin duda más complejas y presuntamente más interesantes, quedando las mías abandonadas en cualquier estantería sin más futuro que el de ser rescatadas por vuestros hijos o por los hijos de otros, lo que no es poco. Pero, olvidaros de mí, no, nunca, no creo que podáis ser tan desagradecidos. Quizá lo que ocurre es que os da miedo volver a transitar por los lugares que habito…
“Todos los monstruos sedientos de sangre que la imaginación del hombre ha podido inventar se han confundido en uno solo y se han realizado en la guillotina”. Ya la veo, la guillotina. Para dar a ese animal su ración diaria nos han paseado por París en unos carruajes chirriantes. Os confieso que, aunque no me siento orgulloso de compartir el mismo final que el de criminales con más y mejores merecimientos, me consuela morir junto a personas sin otro delito que el de nacer en una cuna y con una sangre diferentes a las de nuestros verdugos. Tengo a mi lado a una de ellas, “una joven pequeña y débil, de rostro pálido y delicado, ojos rasgados y llenos de dulzura”…
Una niña… Los niños. Sabed que, pese a que no fui pensado para ellos, los niños se han convertido en mi principal triunfo, y eso que no fueron pocas mis hazañas, a veces extraordinarias. No os relataré aquí los pormenores de mis viajes por mar, tierra y aire, por los fondos marinos, por el centro de la tierra, por nuestra luna y por el tiempo; ni de mis duelos con personajes tan abominables como el caballero Brian de Bois Gilbert, jugándome la vida por la de una mujer, o como el marqués de La Tour D’Azyr, en defensa entonces del pueblo llano; ni de los asombrosos descubrimientos que presencié en compañía del irascible profesor Challenger; ni de los crímenes y misterios que resolví con mi flema y sin quitarme el alzacuellos ni la sotana… Todos esos detalles sabéis donde encontrarlos.
Pero ahora quiero contaros que también fui niño, un niño feliz en una época en la que no tenía un maldito chavo. No puedo evitar sonreír al recordar el momento en que con mi amigo Tom, Ben Rogers y otros cuantos niños más decidimos formar una banda de ladrones, dedicada “nada más que a robos y a asesinatos”, en la que “cada uno de los chicos juraba ser fiel a la banda y no contar nunca ninguno de sus secretos, y si alguien le hacía algo a algún chico de la banda, el chico al que se le ordenara matar a esa persona y su familia tenía que hacerlo, y no podía comer ni dormir hasta haberlos matado a todos y marcarles con el cuchillo una cruz en el pecho, que era la señal de la banda. Nadie que no perteneciese a la banda podía utilizar esa señal, y si lo hacía había que denunciarlo, y si volvía a hacerlo, había que matarlo. Y si alguien que pertenecía a la banda contaba los secretos, había que cortarle el cuello y después quemar su cadáver, tirar las cenizas por todas partes y borrar su nombre de la lista con sangre, y nadie de la banda podía volver a mencionar su nombre, sino que quedaba maldito y había que olvidarlo para siempre”. Además, debíamos “matar a las familias de los chicos que contaran los secretos”, por lo que uno de los requisitos inexcusables para formar parte de nuestra banda era “tener una familia o alguien a quien matar, porque si no, no sería justo para los demás”…
Ahora espero en la fila que nos han hecho formar. La niña no me suelta la mano que tomó antes de subir al carro y, en un gesto lleno de gratitud, me mira a los ojos borrándome de ese modo la angustia que lentamente iba abriéndose paso en mi alma. Me sorprende y reconforta su entereza y tranquilidad mientras puedo escuchar el murmullo de la multitud y alguna burla obscena. Mi renovada determinación me permite alzar la vista y ver delante de mí, en la primera fila del gentío que se ha aglomerado para presenciar este espectáculo, a varias mujeres, “sentadas en sillas como para una fiesta pública y haciendo media con ahínco”. De repente se hace el silencio. Por el amor de Dios, ¿y el ruido de antes? ¿Dónde está? Un silencio brevísimo y, tras él, un golpe seco. “¡Una!–exclaman las mujeres que hacen media, levantando la cabeza”. “Se oye otro golpe. ¡Dos! –cuentan las mujeres, sin dejar de hacer media”…
No es la primera vez que contemplo el horror. Lo conocí a bordo del Grampus y me acompañó hasta el último día del espantoso viaje iniciado en ese maldito bergantín. Incluso escuché su voz, la voz del horror, cuando “Parker se volvió hacia mí con una expresión que me hizo estremecer. Había en él un aire de seguridad y dominio que jamás le había notado, y antes de que abriera la boca mi corazón me dijo lo que él iba a decirme”. Parker, Peters, Augustus y yo llevábamos semanas enteras en el mar, sin comida y sin posibilidad de obtenerla. Por eso, Parker me propuso “que uno de nosotros muriera para salvar la vida de los demás”. Traté de impedir que Parker informara a los demás “de sus sangrientas intenciones de caníbal”, pero no pude: “el efecto de sus palabras fue todavía más espantoso de lo que había anticipado. Tanto Augustus como Peters, que al parecer venían abrigando en secreto y desde tiempo atrás la misma terrible idea que Parker acababa de expresar, se unieron a éste e insistieron en que fuera llevada inmediatamente a la práctica”. Se acordó realizar un sorteo, ¡un sorteo!, para decidir quién debía vivir y quién sería comido por los otros… “No puedo escribir sin infinito disgusto la espantosa escena que siguió, escena cuyos menores detalles no han podido borrar de mi memoria todos los acontecimientos posteriores, y cuyo recuerdo amargará todos los momentos de mi vida”. ¿Los detalles? Ya sabéis dónde están…
“-Tengo una prima que desde muy niña perdió como yo a su padre y a su madre y a quien amo con todo mi corazón. Tiene quince años y está sirviendo en una casa de campo de Turena. La miseria nos obligó a separarnos. Ella no sabe mi desgracia porque no sé escribir y, aunque hubiera sabido, ¿para qué entristecerla? Pero desde que estamos aquí en el carro se me ha ocurrido una idea: si la República impide que los pobres se mueran de hambre, si las penalidades llegan a disminuir, mi prima podrá vivir muchos años”. Me conmueven estas palabras de la niña, el recuerdo de su ser querido y la fe en una futura justicia hacia los pobres. Generosidad, esperanza y amor que acuden al rescate de esa criatura en los últimos momentos de su vida.
Yo también amé. Es paradójico que, a pesar de no ser la mía una historia de amor ideal, es considerada como una de las más grandes jamás escritas. Me enamoré de una prostituta, sí, de una cortesana del París de mediados del siglo XIX. Y esa historia termina con su muerte, momento en el que comienza su grandeza. Pero antes de que diéramos comienzo a nuestro amor ella ya me advirtió contra mi deseo, predijo mis celos, me previno contra ellos, me avisó que sólo me querría rendido… Sin embargo fue Margaret y no yo quien perdió más y quien acabo derrotada, quien llegó a soñar con una nueva vida conmigo y a quien la realidad la devolvió a su antigua posición. Fue ella la que renunció a su vida, a su amor, a mí mismo, aún a sabiendas del dolor que me causaría, todo por mi propio interés. Sé que no perdonarla es el peor pecado y la mayor injusticia que podría cometer tanto contra el amor como contra su memoria. No puedo no perdonarla por amarme hasta ese extremo. Sólo puedo honrarla recordándola en estos momentos. Y jamás podré olvidar que un día me dijo: “Tú, que no admites que comprenda tu posición, y que esgrimes la vanidad de conservarme la mía; tú, que al mantener el lujo en medio del que he vivido, quieres mantener la distancia moral que nos separa; tú, que, en fin, no consideras mi cariño lo suficientemente desinteresado como para compartir contigo la fortuna que posees y con la que podríamos vivir felices y juntos, y prefieres arruinarte, esclavo como eres de un prejuicio ridículo. ¿Crees que comparo un coche y unas joyas con tu amor? ¿Crees que, para mí, la felicidad consiste en las vanidades con las que uno se contenta cuando no ama absolutamente nada, pero que se convierten en algo tan mezquino cuando sí ama? Pagarás mis deudas, malgastarás tu fortuna, y, por fin, me mantendrás. ¿Cuánto tiempo durará eso? Dos o tres meses, y entonces será demasiado tarde para emprender la vida que te propongo, porque lo aceptarás todo de mí y eso es lo que no puede hacer un hombre honorable. En cambio, ahora tienes ocho o diez mil francos de renta que nos alcanzan para vivir. Venderé lo superfluo, y sólo con esta venta conseguiré dos mil libras al año. Alquilaremos un bonito piso, pequeño, en el que viviremos los dos. En verano, vendremos al campo, no a una casa como ésta, sino a una casita suficiente para dos personas. Eres independiente y yo soy libre, somos jóvenes; por Dios, Armand, no me arrojes a la vida que me he visto obligada a llevar en otro tiempo”. Ninguno de los hombres con los que me he enfrentado a lo largo de mi vida, que fueron muchos, todos enemigos, supo vencerme como lo hizo ella con esas palabras. Como dije, puede ser la historia de amor más grande y sabéis dónde encontrarla…
La cuenta sigue en aumento, el rumor sigue estando presente y las mujeres siguen tejiendo, pero algo ha cambiado. Ya no tengo entre las mías la mano de la niña y ni siquiera la veo. Alguien me la ha arrebatado y me ha dejado completamente solo. He estado en otros momentos en soledad, pero ahora es la primera vez que descubro su esencia. La soledad no es ácida, no es amarga, no es salada, no es dulce: la soledad, la verdadera soledad, es fría, gélida. Aterradoramente fría. Y ese breve silencio al que no puedo acostumbrarme se vuelve ahora insoportablemente largo…
-¡Veintidós!
Ya es mi turno. Recordad que dije que los niños fueron mi principal triunfo. Un logro que he conseguido yo y no mi autor, que es quien pretende arrogarse ese éxito. Es cierto que él me creó, que mi vida se inició con su pluma y en su papel en blanco, pero fui yo quien supe meterme en la imaginación de los niños, crecer en ellos y acompañarles en sus juegos, yo me hice su amigo y es a mí a quien recuerdan. Fuimos D’Artagnan y sus mosqueteros, Edmond Dantes, David Copperfield, Jo, Meg, Beth y Amy March, el profesor Otto Lidenbrock, Oliver Twist, Gulliver, Tom Sawyer, Sherlock Holmes, el capitán Nemo, Lord Glenarvan y los hijos del capitán Grant, Robin de Locksley y sus proscritos, Long John Silver y sus malvados piratas, Colmillo Blanco, el capitán Ahab y su ballena blanca, Carabina Larga, y tantos y tantos otros quienes conseguimos, sin ayuda de nadie, la inconmensurable hazaña de acercar los niños a los libros. Nada más y nada menos. No lo olvidéis.
Los textos entrecomillados son fragmentos recogidos de las siguientes obras:
Historia de dos ciudades (Charles Dickens). Alba. Colección Primeros Clásicos. Traductor: A. de la Pedraza
Las aventuras de Huckleberry Finn (Mark Twain). Edelvives. Colección Clásicos juveniles. Traductor: Rufino Zarea
La narración de Arthur Gordon Pym (Edgar Allan Poe). Alianza Editorial. Colección El libro de bolsillo. Traductor: Juilio Cortázar
La dama de las camelias (Alexandre Dumas). Círculo de Lectores. Traductora: Ana María Moix.
