Dicen que el libro de los gustos está escrito en blanco. Todos tenemos nuestras predilecciones y favoritismos, de los que nos servimos para escribir el nuestro particular y, si intentásemos explicar las razones por las algo nos atrae o nos repele especialmente, es probable que sepamos dar una respuesta acudiendo a nuestras preferencias, ese tamiz que nos ayuda a diferenciar lo que queremos de lo que no queremos querer. Donde esté un buen pescado, que se quite la carne. Son tantas y tantas las cosas que hay a nuestro alrededor, tanto que observar, escuchar, leer, saborear… tanto que disfrutar, que algún criterio de distinción debemos tener si no queremos volvernos ‘majarones perdíos’, como se dice en esta bendita tierra. Son prejuicios, en el más estricto sentido de la palabra o, casi mejor, juicios sumarísimos a que sometemos cualquier cosa que pretenda abrirse paso dentro del ámbito de nuestra subjetividad. ¿Cómo te atreves a pasar delante de este maravilloso Pollock sin detenerte siquiera? Seguro que eres un rancio. Pero ocurre que somos humanos y, por tanto, incoherentes: muy de vez en cuando aparece algo que se escapa a ese primer control y que, no entendemos bien porqué, sutilmente entra dentro empleando la puerta de atrás y se abre hueco y enraíza y termina formando parte de nuestro propio equipaje amparado incluso en un cariño especial, quizá porque supo sortear nuestras propias trampas. También puede ser que ese algo penetre manu militari, sin sutilezas ni tretas que valgan: patada en la puerta, puñetazo en el vientre, abajo con los esquemas y se acabó. Aunque para el caso es lo mismo. Me explico con un ejemplo: quien me conoce ya sabe que Picasso no me tiene entre sus más distinguidos admiradores, que paso ante sus cuadros diciendo algo así como ‘¿y para esto tanto?’, que a ambos nos sobran los motivos para decirnos ‘con Dios’, vaya: a él, por lo analfabeto e ignorante que soy; a mí, por lo intolerante que también soy, sobre todo con ciertas cosas. Y sin embargo, el muy hijoesumare tiene un cuadro que irrumpió no hace mucho sin ninguna consideración dentro de esa cajita de cosas que voy acumulando y, además, en un lugar casi preferente. Y no sé explicar muy bien por qué, se lo juro. El cuadro es este:
La mano de la mujer colgada del hombro de su pareja, no buscando sino ofreciendo apoyo, su cabeza aún alta y quizá con los ojos abiertos, el hombre que se inclina y parece querer acercar su rostro al de ella, y encuentra un sereno refugio; ella ha conseguido que él por un momento olvide aquello que les aflige, la pobreza, pero ella no deja de pensar y por tanto asume esa carga, y le dice sin hablar: ‘estoy aquí, cuenta conmigo’. Eso es lo que yo veo en este cuadro que no es bello, pero lo que a mí me dice sí que lo es.
Que me gusta una introducción. Todo esto es para explicar que en Sevilla, en la Puerta de Jerez, una plaza desde la que parte una de las avenidas principales de la ciudad, no escondida pero sí discretamente ubicada, a la vista de todos pero sin llamar la atención, hay una capilla que es mi ojito derecho. Cada vez que paso delante, al lado o detrás de ella, me paro y le saco una foto, o dos.
Y sin embargo no puede ser más fea. Se trata de un pequeño edificio que tiene tres fachadas. La principal, que va a dar a la avenida, cuenta con una portada en ladrillo bicolor que es un espanto, no el ladrillo sino la portada (‘¿y esto, qué es?’ me preguntó una de mis más queridas clientes cuando vio la foto en Flickr), y con un redondel que permite la entrada de luz. La fachada lateral está dividida en dos mitades -parece más que son dos fachadas colindantes- una con el tejado a dos aguas y la otra no, y en la que una preciosa ventana gótica no tiene más remedio que soportar a su lado, como vecinas, a dos oscuras por no decir tremebundas ventanas rectangulares colocadas entre tres pares de pilastras, encima de las cuales hay casi media docena de adornos como si fueran gargolitas. Y la fachada trasera, con una ventanita que asemeja una aspillera enmarcada en un alfiz, de apariencia mudéjar pero que se hizo en 1971, y una gárgola absolutamente huérfana -da lástima la pobrecita-, convive con una cámara de vigilancia nada discreta que alguien muy diligentemente ha colocado ahí, no sea que los ladrones se lleven las motos aparcadas, cosa inútil, dicho sea de paso, ya que ellas solas se adhieren a esa fachada como lapas y no parece haber nadie capaz de arrancarlas de ese lugar, y unas oportunísimas señales de tráfico que dan armonía y colorido al conjunto, que las piedras tienen un color muy feo. Todo ello aderezado con unas almenas escalonadas en las que unos hierbajos parecen vivir muy a gustito, y coronado con una espadaña a juego con la portada.
Aquí la tenéis:
Este edificio era la capilla del colegio de Santa María de Jesús, el embrión de lo que luego será la Universidad de Sevilla, fundado por Rodrigo Fernández de Santaella en 1506, y del que es lo único que queda en pie, junto con la portada del edificio ahora ubicada en el convento de Santa Clara, puesto que en 1920 se decidió echar abajo el colegio entero para ensanchar la actual avenida de la Constitución. Se la conoce también por la capilla del maese Rodrigo o la capilla de don Rodrigo. Y su estilo es gótico-mudéjar tardío. En la actualidad forma parte del patrimonio de la Universidad de Sevilla aunque su uso se ha cedido al consejo de cofradías de Sevilla.
Un buen día, dándome un paseo vi que la capilla estaba abierta. Una exposición de objetos procedentes de las excavaciones arqueológicas organizadas por la Universidad de Sevilla me daba la oportunidad de fisgonear un poco. Hacía ya mucho tiempo que tenía ganas a este templo pero, como no suelo estar muy católico la mayoría de los días, desconocía el horario de las misas para poder verlo por dentro. Así que me metí dentro pensando en que fuera lo que fuese lo que hubiera en su interior no podía ser más feo que su continente o, en caso de que fuera aún peor, en que merecería la pena fotografiarlo. Y me encontré con esto:
Antes de seguir más adelante, como es costumbre mía al entrar en cualquier edificio miré hacia arriba, al techo, y ahí se encontraba esto:
Sin dejar de mirar hacia arriba y olvidando los objetos de la exposición, me adentré caminando hacia esa bóveda de crucería tan descarada que desde el fondo se atrevía a llamarme por mi nombre. Esto es lo que me ofrecía:
Después de embelesarme con esa bóveda, me acordé del otro elemento gótico tan reconocible del edificio: la ventana.
A todo esto, la gente me miraba como se mira a un majara ante mi irrefrenable ansia de fotografiarlo todo. Valiente cateto: como si nunca hubiera visto por dentro una capilla del gótico mudéjar tardío, compuesta por una sola nave y dividida en dos tramos, cubierto el de los pies con alfarje y la cabecera con bóveda de terceletes y separados por un gran arco apuntado con decoración en relieve. Seguro que todos pensaban esto, y además con razón. Después de mirar a la ventana me acordé otra vez del artesonado, por lo que me giré dando la espalda al altar:
Inconscientemente dejé lo mejor para el final. En mi afán por llevarme un recuerdo fotográfico de los elementos arquitectónicos del edificio me olvidaba de que estaba en la casa del Señor, y los del clero serán lo que sean, pero, amigo, tontos no son: no seré yo quien descubra sus vicios, válgame Dios, pero sí me atrevo a señalar uno que han tenido a lo largo de los siglos, el de rodearse de obras de arte. Bien, cuando me volví hacia el altar vi esto:
Se trataba, según pude averiguar después, de un retablo que pintó Alejo Fernández por encargo de Maese Rodrigo hacia 1520, dedicado a la Virgen de la Antigua, renacentista pero de estructura gótica. En la tabla central reina la Virgen de la Antigua y a sus pies, arrodillado, Maese Rodrigo le ofrece el edificio del colegio que fundó. En las calles laterales aparecen los cuatro grandes Padres de la Iglesia Occidental: San Ambrosio de Milán, San Gregorio Magno, San Agustín de Hipona y San Jerónimo de Estridón. En el piso superior figura en la calle central una imagen de Pentecostés, y en las laterales San Pedro y San Pablo flanquean a los arcángeles San Gabriel y San Miguel. No sé qué pensarán ustedes después de ver estas fotos -pido disculpas por su calidad, que es un poco horrorosa ya que las saqué con ese aparato ideado por un descendiente directo de Belcebú y que se llama teléfono y con el que se hace de todo menos hablar-, pero a mí este retablo me parece una verdadera joya.
Ya decía yo que por algo miraba esa capillita con buenos ojos. Después de ver este retablo y la propia capilla por dentro, estarán conmigo en que, finalmente, tampoco resulta fea fea del todo. Yo casi estoy convencido de que es algo más que un edificio: es un cofre.
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De sobras sabes que eres la primera,
que no miento si juro que daría
por ti la vida entera,
por ti la vida entera;
y, sin embargo, un rato, cada día,
ya ves, te engañaría
con cualquiera,
te cambiaría por cualquiera.
Ni tan arrepentido ni encantado
de haberme conocido, lo confieso.
Tú que tanto has besado
tú que me has enseñado,
sabes mejor que yo que hasta los huesos
sólo calan los besos
que no has dado,
los labios del pecado.
Porque una casa sin ti es una embajada,
el pasillo de un tren de madrugada,
un laberinto
sin luz ni vino tinto,
un velo de alquitrán en la mirada.
Y me envenenan los besos que voy dando
y, sin embargo, cuando
duermo sin ti contigo sueño,
y con todas si duermes a mi lado,
y si te vas me voy por los tejados
como un gato sin dueño
perdido en el pañuelo de amargura
que empaña sin mancharla tu hermosura.
No debería contarlo y, sin embargo,
cuando pido la llave de un hotel
y a media noche encargo
un buen champán francés
y cena con velitas para dos,
siempre es con otra, amor,
nunca contigo,
bien sabes lo que digo.
Porque una casa sin ti es una oficina,
un teléfono ardiendo en la cabina,
una palmera
en el museo de cera,
un éxodo de oscuras golondrinas.
Y cuando vuelves hay fiesta
en la cocina
y bailes sin orquesta
y ramos de rosas con espinas,
pero dos no es igual que uno más uno
y el lunes al café del desayuno
vuelve la guerra fría
y al cielo de tu boca el purgatorio
y al dormitorio
el pan de cada día.
Joaquín Sabina: Yo, mi, me… contigo (1996)

























