Y sin embargo

Dicen que el libro de los gustos está escrito en blanco. Todos tenemos nuestras predilecciones y favoritismos, de los que nos servimos para escribir el nuestro particular y, si intentásemos explicar las razones por las algo nos atrae o nos repele especialmente, es probable que sepamos dar una respuesta acudiendo a nuestras preferencias, ese tamiz que nos ayuda a diferenciar lo que queremos de lo que no queremos querer. Donde esté un buen pescado, que se quite la carne. Son tantas y tantas las cosas que hay a nuestro alrededor, tanto que observar, escuchar, leer, saborear… tanto que disfrutar, que algún criterio de distinción debemos tener si no queremos volvernos ‘majarones perdíos’, como se dice en esta bendita tierra. Son prejuicios, en el más estricto sentido de la palabra o, casi mejor, juicios sumarísimos a que sometemos cualquier cosa que pretenda abrirse paso dentro del ámbito de nuestra subjetividad. ¿Cómo te atreves a pasar delante de este maravilloso Pollock sin detenerte siquiera? Seguro que eres un rancio. Pero ocurre que somos humanos y, por tanto, incoherentes: muy de vez en cuando aparece algo que se escapa a ese primer control y que, no entendemos bien porqué, sutilmente entra dentro empleando la puerta de atrás y se abre hueco y enraíza y termina formando parte de nuestro propio equipaje amparado incluso en un cariño especial, quizá porque supo sortear nuestras propias trampas. También puede ser que ese algo penetre manu militari, sin sutilezas ni tretas que valgan: patada en la puerta, puñetazo en el vientre, abajo con los esquemas y se acabó. Aunque para el caso es lo mismo. Me explico con un ejemplo: quien me conoce ya sabe que Picasso no me tiene entre sus más distinguidos admiradores, que paso ante sus cuadros diciendo algo así como ‘¿y para esto tanto?’,  que a ambos nos sobran los motivos para decirnos ‘con Dios’, vaya: a él, por lo analfabeto e ignorante que soy; a mí, por lo intolerante que también soy, sobre todo con ciertas cosas. Y sin embargo, el muy hijoesumare tiene un cuadro que irrumpió no hace mucho sin ninguna consideración dentro de esa cajita de cosas que voy acumulando y, además, en un lugar casi preferente. Y no sé explicar muy bien por qué, se lo juro. El cuadro es este:

Pablo Ruiz Picasso, Le couple, 1904. Colección privada

La mano de la mujer colgada del hombro de su pareja, no buscando sino ofreciendo apoyo, su cabeza aún alta y quizá con los ojos abiertos, el hombre que se inclina y parece querer acercar su rostro al de ella, y encuentra un sereno refugio; ella ha conseguido que él por un momento olvide aquello que les aflige, la pobreza, pero ella no deja de pensar y por tanto asume esa carga, y le dice sin hablar: ‘estoy aquí, cuenta conmigo’. Eso es lo que yo veo en este cuadro que no es bello, pero lo que a mí me dice sí que lo es.

Que me gusta una introducción. Todo esto es para explicar que en Sevilla, en la Puerta de Jerez, una plaza desde la que parte una de las avenidas principales de la ciudad, no escondida pero sí discretamente ubicada, a la vista de todos pero sin llamar la atención, hay una capilla que es mi ojito derecho. Cada vez que paso delante, al lado o detrás de ella, me paro y le saco una foto, o dos.

Y sin embargo no puede ser más fea. Se trata de un pequeño edificio que tiene tres fachadas. La principal, que va a dar a la avenida, cuenta con una portada en ladrillo bicolor que es un espanto, no el ladrillo sino la portada (‘¿y esto, qué es?’ me preguntó una de mis más queridas clientes cuando vio la foto en Flickr), y con un redondel que permite la entrada de luz. La fachada lateral está dividida en dos mitades -parece más que son dos fachadas colindantes- una con el tejado a dos aguas y la otra no, y en la que una preciosa ventana gótica no tiene más remedio que soportar a su lado, como vecinas, a dos oscuras por no decir tremebundas ventanas rectangulares colocadas entre tres pares de pilastras, encima de las cuales hay casi media docena de adornos como si fueran gargolitas. Y la fachada trasera, con una ventanita que asemeja una aspillera enmarcada en un alfiz, de apariencia mudéjar pero que se hizo en 1971, y una gárgola absolutamente huérfana -da lástima la pobrecita-, convive con una cámara de vigilancia nada discreta que alguien muy diligentemente ha colocado ahí, no sea que los ladrones se lleven las motos aparcadas, cosa inútil, dicho sea de paso, ya que ellas solas se adhieren  a esa fachada como lapas y no parece haber nadie capaz de arrancarlas de ese lugar, y unas oportunísimas señales de tráfico que dan armonía y colorido al conjunto, que las piedras tienen un color muy feo. Todo ello aderezado con unas almenas escalonadas en las que unos hierbajos parecen vivir muy a gustito, y coronado con una espadaña a juego con la portada. 

Aquí la tenéis:

Capilla de Santa María de Jesús. Portada y fachada lateral

Capilla de Santa María de Jesús. Portada y fachada lateral

Capilla de Santa María de Jesús. Detalle de la portada, en ladrillo bicolor

Capilla de Santa María de Jesús. Detalle de la portada, su alfiz y baquetones

Capilla de Santa María de Jesús. Portada

Capilla de Santa María de Jesús. Portada y baquetones

Capilla de Santa María de Jesús. Fachada lateral

Capilla de Santa María de Jesús. Fachada lateral

Capilla de Santa María de Jesús. Fachada lateral. Ventana y espadaña

Capilla de Santa María de Jesús. Fachada lateral. Ventana y espadaña

Capilla de Santa María de Jesús. Fachada lateral. Ventanas, gárgolas y almenas escalonadas.

Capilla de Santa María de Jesús. Fachada lateral. Ventanas, y almenas escalonadas

Capilla de Santa María de Jesús. Fachada posterior

Capilla de Santa María de Jesús. Fachada posterior

Capilla de Santa María de Jesús. Fachada posterior

Capilla de Santa María de Jesús. Fachada posterior

Este edificio era la capilla del colegio de Santa María de Jesús, el embrión de lo que luego será la Universidad de Sevilla, fundado por Rodrigo Fernández de Santaella en 1506, y del que es lo único que queda en pie, junto con la portada del edificio ahora ubicada en el convento de Santa Clara, puesto que en 1920 se decidió echar abajo el colegio entero para ensanchar la actual avenida de la Constitución. Se la conoce también por la capilla del maese Rodrigo o la capilla de don Rodrigo. Y su estilo es gótico-mudéjar tardío. En la actualidad forma parte del patrimonio de la Universidad de Sevilla aunque su uso se ha cedido al consejo de cofradías de Sevilla.

Un buen día, dándome un paseo vi que la capilla estaba abierta. Una exposición de objetos procedentes de las excavaciones arqueológicas organizadas por la Universidad de Sevilla me daba la oportunidad de fisgonear un poco. Hacía ya mucho tiempo que tenía ganas a este templo pero, como no suelo estar muy católico la mayoría de los días, desconocía el horario de las misas para poder verlo por dentro. Así que me metí dentro pensando en que fuera lo que fuese lo que hubiera en su interior no podía ser más feo que su continente o, en caso de que fuera aún peor, en que merecería la pena fotografiarlo. Y me encontré con esto:

Capilla de Santa María de Jesús. Interior

Capilla de Santa María de Jesús. Interior

Antes de seguir más adelante, como es costumbre mía al entrar en cualquier edificio miré hacia arriba, al techo, y ahí se encontraba esto:

Capilla de Santa María de Jesús. Artesonado

Capilla de Santa María de Jesús. Artesonado

Capilla de Santa María de Jesús. Detalle del artesonado

Capilla de Santa María de Jesús. Detalle del artesonado

Sin dejar de mirar hacia arriba y olvidando los objetos de la exposición, me adentré caminando hacia esa bóveda de crucería tan descarada que desde el fondo se atrevía a llamarme por mi nombre. Esto es lo que me ofrecía:

Capilla de Santa María de Jesús. Bóveda y terceletes

Capilla de Santa María de Jesús. Bóveda, nervios y terceletes

Capilla de Santa María de Jesús. Bóveda y terceletes

Capilla de Santa María de Jesús. Bóveda, nervios y terceletes

Después de embelesarme con esa bóveda, me acordé del otro elemento gótico tan reconocible del edificio: la ventana.

Capilla de Santa María de Jesús

Capilla de Santa María de Jesús. Bóveda y ventana.

Capilla de Santa María de Jesús

Capilla de Santa María de Jesús. Ventana

A todo esto, la gente me miraba como se mira a un majara ante mi irrefrenable ansia de fotografiarlo todo. Valiente cateto: como si nunca hubiera visto por dentro una capilla del gótico mudéjar tardío, compuesta por una sola nave y dividida en dos tramos, cubierto el de los pies con alfarje y la cabecera con bóveda de terceletes y separados por un gran arco apuntado con decoración en relieve. Seguro que todos pensaban esto, y además con razón. Después de mirar a la ventana me acordé otra vez del artesonado, por lo que me giré dando la espalda al altar:

Capilla de Santa María de Jesús

Capilla de Santa María de Jesús. Arco y artesonado

Inconscientemente dejé lo mejor para el final. En mi afán por llevarme un recuerdo fotográfico de los elementos arquitectónicos del edificio me olvidaba de que estaba en la casa del Señor, y los del clero serán lo que sean, pero, amigo, tontos no son: no seré yo quien descubra sus vicios, válgame Dios, pero sí me atrevo a señalar uno que han tenido a lo largo de los siglos, el de rodearse de obras de arte. Bien, cuando me volví hacia el altar vi esto:

IMAG1092

Alejandro Fernández, Retablo de Maese Rodrigo, h. 1520

Se trataba, según pude averiguar después, de un retablo que pintó Alejo Fernández por encargo de Maese Rodrigo hacia 1520, dedicado a la Virgen de la Antigua, renacentista pero de estructura gótica. En la tabla central reina la Virgen de la Antigua y a sus pies, arrodillado, Maese Rodrigo le ofrece el edificio del colegio que fundó. En las calles laterales aparecen los cuatro grandes Padres de la Iglesia Occidental: San Ambrosio de Milán,  San Gregorio Magno, San Agustín de Hipona y San Jerónimo de Estridón. En el piso superior figura en la calle central una imagen de Pentecostés, y en las laterales San Pedro y San Pablo flanquean a los arcángeles San Gabriel y San Miguel. No sé qué pensarán ustedes después de ver estas fotos -pido disculpas por su calidad, que es un poco horrorosa ya que las saqué con ese aparato ideado por un descendiente directo de Belcebú y que se llama teléfono y con el que se hace de todo menos hablar-, pero a mí este retablo me parece una verdadera joya.

Retablo de Maese Rodrigo. Primer cuerpo.

Alejo Fernández, Retablo de Maese Rodrigo, h. 1520. Detalle del primer cuerpo

Retablo de Maese Rodrigo. Detalle del primer cuerpo.

Alejo Fernández, Retablo de Maese Rodrigo, h. 1520. Detalle

Alejo Fernández, <em>Retablo de Maese Rodrigo</em>, h. 1520. Detalle

Alejo Fernández, Retablo de Maese Rodrigo, h. 1520. Detalle

Alejo Fernández, Retablo de Maese Rodrigo, h. 1520. Detalle

Alejo Fernández, Retablo de Maese Rodrigo, h. 1520. Detalle

Retablo de maese Rodrigo. Piso superior

Alejo Fernández, Retablo de Maese Rodrigo, h. 1520. Detalle del piso superior

Ya decía yo que por algo miraba esa capillita con buenos ojos. Después de ver este retablo y la propia capilla por dentro, estarán conmigo en que, finalmente, tampoco resulta fea fea del todo. Yo casi estoy convencido de que es algo más que un edificio: es un cofre.

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De sobras sabes que eres la primera,
que no miento si juro que daría
por ti la vida entera,
por ti la vida entera;
y, sin embargo, un rato, cada día,
ya ves, te engañaría
con cualquiera,
te cambiaría por cualquiera.

Ni tan arrepentido ni encantado
de haberme conocido, lo confieso.
Tú que tanto has besado
tú que me has enseñado,
sabes mejor que yo que hasta los huesos
sólo calan los besos
que no has dado,
los labios del pecado.

Porque una casa sin ti es una embajada,
el pasillo de un tren de madrugada,
un laberinto
sin luz ni vino tinto,
un velo de alquitrán en la mirada.

Y me envenenan los besos que voy dando
y, sin embargo, cuando
duermo sin ti contigo sueño,
y con todas si duermes a mi lado,
y si te vas me voy por los tejados
como un gato sin dueño
perdido en el pañuelo de amargura
que empaña sin mancharla tu hermosura.

No debería contarlo y, sin embargo,
cuando pido la llave de un hotel
y a media noche encargo
un buen champán francés
y cena con velitas para dos,
siempre es con otra, amor,
nunca contigo,
bien sabes lo que digo.

Porque una casa sin ti es una oficina,
un teléfono ardiendo en la cabina,
una palmera
en el museo de cera,
un éxodo de oscuras golondrinas.

Y cuando vuelves hay fiesta
en la cocina
y bailes sin orquesta
y ramos de rosas con espinas,
pero dos no es igual que uno más uno
y el lunes al café del desayuno
vuelve la guerra fría
y al cielo de tu boca el purgatorio
y al dormitorio
el pan de cada día.

Joaquín Sabina: Yo, mi, me… contigo (1996)

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Una de marcianos

Nadie hubiera creído en los últimos años del siglo XIX que las cosas humanas fueran escudriñadas aguda y atentamente por inteligencias superiores a la del hombre; y mortales, sin embargo, como la de éste; que mientras los hombres se afanaban en sus asuntos fuesen examinados y estudiados casi tan de cerca como pueden serlo en el microscopio las transitorias criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua. Con infinita suficiencia iban y venían los hombres por el mundo, ocupándose en sus asuntillos, serenos en la seguridad de su imperio sobre la materia. ¡Es posible que bajo el microscopio obren de igual manera los infusorios! Nadie imaginó que de los más antiguos mundos del espacio pudiera sobrevenir un peligro para la existencia humana; ni se pensaba en esos mundos más que para desechar como imposible o improbable la idea de que hubiese en ellos vida. Es curioso recordar ahora algunos hábitos mentales de aquellos lejanos tiempos. A lo sumo, los habitantes de la Tierra se figuraban que en el planeta Marte podía haber otros hombres, inferiores probablemente a ellos, y dispuestos a recibir con los brazos abiertos cualquier expedición misionera. Sin embargo, a través de los abismos del espacio, espíritus que son a los nuestros lo que nuestros espíritus son a los de las bestias de alma perecedera; inteligencias vastas, frías e implacables, contemplaban esta tierra con ojos envidiosos y trazaban con lentitud y seguridad sus planes de conquista. Y en los comienzos del siglo veinte sobrevino la gran desilusión…

Con estas inquietantes palabras comienza la novela de H.G. Wells The War of The Worlds (La guerra de los mundos). Esta obra nos relata la terrible invasión de la Tierra por los marcianos que tuvo lugar a comienzos del siglo XX, como todo el mundo sabe ahora gracias a este autor. Bueno, más que la Tierra lo que en realidad invadieron los extraterrestres fue Inglaterra solamente o, mejor dicho, Londres y su periferia y nada más, pues, listos como eran, supieron muy bien elegir el objetivo de su interplanetario ataque: esta nación, en la época de la invasión, era poco menos que el centro del universo, la cabeza de un imperio que gobernaba el planeta como los mismos ingleses se encargaban de recordar una y otra vez, y su conquista -hasta el más tonto alienígena lo sabía- significaba la conquista del mundo. Por esa razón –me refiero a lo limitado del ataque- el resto de la humanidad jamás supo que un día fue conquistada hasta que Wells reunió el valor suficiente como para narrarnos estos asombrosos acontecimientos, que duraron aproximadamente tres semanas y que, como casualmente ha ocurrido con casi todos los hechos en los que los ingleses resultaron malparados, han sido preteridos por los libros de Historia. Estos ingleses, malandrines ellos, bellacos tergiversadores siempre, no perdieron la oportunidad de aplicar a estos sucesos el arte en cuya práctica son unos verdaderos maestros: el del ocultamiento de la verdad molesta. Debían mantener a toda costa ese mito del que siempre han presumido, la inexpugnabilidad de su territorio, si dejamos de lado las invasiones de los romanos, de los sajones, de los vikingos, de los normandos, que no cuentan. Por cierto, a propósito de sajones y normandos y perdónenme que me vaya por las ramas, me pregunto por qué en las películas, sobre todo en las que abundan las flechas, aquéllos son los buenos y éstos los malos. En fin, a lo que iba: y es que, lo que no pudieron hacer ni los orgullosos españoles ni los arrogantes franceses ni después los temibles alemanes, lo consiguieron los babeantes marcianos repletos todos ellos de tentáculos. Y eso sí que es humillante. Menos mal que H.G. Wells nos ha legado su testimonio en una obra que se dice precursora del género de ciencia ficción pero que, bien mirado, no es más que una historia de la desolación, de la derrota, de nuestra fragilidad…

Tapiz de Bayeux (detalle), h. 1080. Tapisserie de Bayeux

A finales del siglo XIX Marte estaba de moda. El buen astrónomo italiano Giovanni Virgilio Schiaparelli había dedicado muchos años de su vida a estudiar la superficie del planeta rojo (CDLQ), elaborando cuidadosos mapas y publicando varios artículos científicos. En alguno de ellos manifestó que había podido observar una serie de depresiones a las que llamó canales y que, según él, probablemente pudieron servir para conducir agua. Su error, su tremendo error, fue que no supo ver el origen manifiestamente artificial de esos canales, aunque muy prudentemente tampoco lo descartó. Tuvo que ser un millonario estadounidense cuyos ratos libres ocupaba mirando el cielo, Percival Lowell, quien acertó de pleno al concluir que lo que había estudiado Schiaparelli eran auténticas obras de ingeniería hidráulica marciana: nos encontrábamos ante canales de irrigación que los habitantes de Marte habían construido para llevar agua desde los polos al ecuador del planeta, desértico. Incluso corroboró la existencia de una vegetación que se desarrollaba paralelamente a esos canales y se agrupaba en exuberantes oasis. De este modo quedaba probada no sólo la existencia de vida en Marte, sino también la de una civilización tecnológicamente desarrollada. Y, como parece que dos civilizaciones avanzadas no pueden convivir sin dominar la una a la otra, el temor ante un ataque proveniente de ese planeta ya estaba servido.

Mapa de Marte elaborado por Schiaparelli aprovechando sus observaciones durante las oposiciones de 1877-1888

Un temor fundado, como demuestran los hechos narrados por Wells. Desde la oposición de 1894 los científicos venían observando unos fuertes destellos en la superficie del ya amenazante planeta. El reputado astrónomo Ogilvy opinaba que, muy probablemente, se trataba de una lluvia de meteoritos impactando sobre la superficie, o acaso de violentísimas erupciones volcánicas, pues, fiel al espíritu crítico de todo buen científico, no tenía muy en cuenta las modernas y revolucionarias teorías sobre la vida en Marte. “Las probabilidades contra la existencia en Marte de nada parecido al hombre son un millón por cada una a favor”, dijo.

Sin embargo esas llamaradas se sucedieron durante diez noches consecutivas y en intervalos de veinticuatro horas. Tal regularidad no podía ser obra de la naturaleza, y desde luego no lo era. Al cabo de los días impactó lo que en un principio se creyó  un meteorito. Ogilvy acudió tan pronto como pudo al lugar de la colisión, donde ya se había reunido una muchedumbre curiosa contemplando un cráter del que asomaba  un enorme cilindro de 25 a 30 metros de diámetro, y pudo escuchar que de su interior provenían unos ruidos que atribuyó al enfriamiento de la superficie del meteoro. Incluso, obcecado como estaba en su idea de dar una explicación racional al fenómeno, cuando observó que una parte del cilindro comenzó a desenroscarse, pensó, aterrado, que ahí abajo había algún hombre atrapado tratando de escaparse. Otra vez se equivocaba, porque la tapa que se iba desatornillando cayó al suelo, y del interior del cilindro aparecieron primero unos cuantos tentáculos y después una masa grisácea y redonda del tamaño de un oso, con una boca palpitante sin labios, que se movía con una exagerada torpeza. Fue entonces cuando Ogilvy cometió su último error: acercarse junto con otras dos personas agitando una bandera blanca con la intención de parlamentar con los nuevos visitantes. De repente sobrevino un relámpago que los iluminó y, acompañado de un ruido ensordecedor que después mudó en un terrible alarido, terminó convirtiéndolos en llamas… Unas llamas que fueron saltando de hombre en hombre y que acabaron con todo aquél que no tuvo la precaución de alejarse lo suficiente de ese lugar.

Así fue como se inició la conquista de nuestro planeta por los marcianos. Al primer cilindro le siguió otro al día siguiente, y después otro y así hasta diez: ahora estaba claro de dónde procedían esos seres y a qué se debían los destellos observados. Todo respondía a un plan minuciosamente elaborado, porque, para poder moverse en la Tierra y conscientes de su torpeza provocada sin duda por la presión atmosférica, bastante más alta que la de su planeta, los marcianos venían debidamente pertrechados para construir, ya aquí, unas máquinas, cada una dotada del rayo ardiente del que se servían para destruir todo cuanto se encontraban. Máquinas de guerra con tres altísimas patas con las que comenzaron su avance hacia Londres desde los lugares en que los proyectiles tomaron tierra. En su camino arrollaron sin dificultad cuantas líneas de defensa se organizaron, utilizando el rayo ardiente y el Humo Negro, un gas que  se extendía por la superficie y al que nadie sobrevivía. Un gas letal. Los londinenses, no ajenos a cuanto ocurría porque se publicaban noticias de la guerra, pero confiados en un ejército capaz de dominar el planeta y en su propia tecnología, producto del desarrollo industrial y de los avances científicos de la época, permanecían tranquilos. Hasta que la comandancia militar emitió el siguiente despacho:

Los marcianos descargan enormes nubes de un humo negro y venenoso por medio de cohetes. Han asfixiado a los artilleros de las baterías, destruido Richmond, Kingston y Wimbledon y avanzan lentamente hacia Londres, devastándolo todo al pasar. Es imposible detenerlos. Contra el Humo Negro no hay otro modo de salvarse que la fuga.

Una nota breve, pero no podía resultar más demoledora. Suficiente como para provocar el mayor éxodo de la historia: seis millones de personas de toda clase y condición, hombres, mujeres, niños, ancianos, huyendo de la ciudad en una desesperada desbandada y dejándolo todo atrás, sin más perspectiva que la mera supervivencia. Quienes siempre se habían sentido seguros a la cabeza de un mundo que dominaban acababan de descubrir, dolorosamente, que podían ser sometidos, que ahora las víctimas serían ellos. Qué paradójica, esta nueva colonización. El crítico Wells, sin embargo, no está de acuerdo en que todo esto fuera algo enteramente nuevo:

Antes de juzgarlos con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente no tan sólo especies animales, como la del bisonte y el dodo, sino razas humanas inferiores. Los tasmanienses, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en exterminadora guerra de cincuenta años, que emprendieron los inmigrantes europeos. ¿Somos tan grandes apóstoles de misericordia que tengamos derecho a quejarnos porque los marcianos combatieran con ese mismo espíritu?

Una máquina de guerra asomando amenazante por encima del Big Ben, la torres de las iglesias derribadas, barrios enteros ardiendo y los puentes sobre el Támesis destruidos. Fue aquí, en el Támesis precisamente, donde tuvo lugar el último y heroico intento de resistencia. De los muelles de Londres partían infinidad de embarcaciones de todo tipo buscando refugio más allá del Canal, y cerraba la boca del río un buque de guerra, el acorazado “Lanza-Truenos”. Observando que las máquinas se acercaban a los barcos que pretendían huir, el capitán del acorazado decidió lanzar su buque a toda velocidad contra una de ellas, que alcanzó de lleno y logró derribar. Después, virando violentísimamente acometió a otra de las máquinas marcianas pero, muy poco antes de lograr su objetivo, recibió el maldito rayo ardiente que hizo que el buque entero saltara en mil pedazos, una fortísima explosión que el marciano no pudo evitar y resultó destrozado con los fragmentos del navío. Incluso en su final el barco se comportó heroicamente. Sin embargo, con el valiente “Lanza-Truenos” desapareció irremediablemente cualquier esperanza de victoria. Aniquilado el ejército más poderoso, tomada la capital del imperio que  gobernaba el mundo, conquistada definitivamente, la Tierra quedaba en poder de los marcianos.

Pero no eran únicamente los marcianos quienes se iban apoderando de nuestro planeta. También la vegetación estaba siendo sustituida por una especie de hierba de color rojo, la misma que confiere a Marte el aspecto que conocemos. Una vegetación que se extendía rápidamente gracias a la abundancia de agua en nuestro planeta y de la que carecía allí de donde procedía. Todo lo iba ocupando esa maleza.

Los marcianos destruían todo a su paso pero sorprendentemente no parecían buscar la muerte de los hombres, ya que albergaban para ellos otros planes. La fisiología de los marcianos era completamente distinta a la de cualquier ser vivo conocido y, por ejemplo, carecían de aparato digestivo. En lugar de tomar alimento se inyectaban en su propio torrente sanguíneo la sangre de sus víctimas. Por eso, en lugar de matar seres humanos, los capturaban, los necesitaban vivos. Se comportaban, pues, como parásitos, como enormes parásitos. Ahí, sin embargo, estuvo su final. Los estudios que los marcianos hicieron de la vida en la Tierra antes de la invasión no se extendieron hacia el mundo invisible, el de las bacterias y microbios, con el que el ser humano lleva conviviendo desde el inicio de los tiempos,  librando una durísima batalla en la que está en juego nuestro bien más preciado, la vida. Para defenderla nuestro cuerpo crea anticuerpos, y nuestra mente, es decir, la ciencia, medicamentos. Los marcianos en su planeta no conocían esa guerra porque sus antepasados, en un pasado del que ya no tenían memoria, la habían ganado. Vinieron a nuestra Tierra, por tanto, con armas pero sin defensas y, desde el mismo momento en que la pisaron, estaban siendo sentenciados. Así, en un Londres desolado, fueron cayendo uno tras otro los temibles marcianos, y sus despojos servían ahora de comida para cuervos, perros y ratas.

Qué paradójico, salvados por nuestros minúsculos enemigos.

Continuará…

Nota: Lo fragmentos copiados están tomados de la edición de junio de 1990 de Anaya, colección Tus libros. Traducción de Ramiro de Maeztu

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